Coronavirus: Alemania ya no es lo que era

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Coronavirus: Alemania ya no es lo que era
Centro de vacunación en Fráncfort del Meno: belleza arquitectónica, pero faltan las dosis de vacunas. Boris Roessler/dpa/picture alliance
Alemania ya no está tan bien organizada ni es tan moderna como creen los alemanes. La pandemia debería ser una oportunidad para generar cambios en esta sociedad. Ya es tiempo de reformas, opina Jens Thurau.
Alemania fue considerada alguna vez el bastión de la eficiencia y la confiabilidad. Los alemanes -así cuenta la leyenda- eran, tal vez, un poco esquivos y faltos de sentido del humor, pero eso sí: eran puntuales y muy organizados. Su bienestar económico estaba basado en miles de medianas y pequeñas empresas, y en un Estado fuerte.

En el centro había una amplia burguesía y la idea del corporativismo, cuya fórmula decía, a grandes rasgos: "Renunciamos a la lucha de clases de tiempos pasados, los conflictos se solucionan de manera pacífica”. A pesar de la fortaleza de los sindicatos, las huelgas no son frecuentes.Como compensación, los ciudadanos tienen participación, en la medida de lo posible, en un bienestar nada escaso.

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El cambio comenzó antes del coronavirus
¿Estoy equivocado? ¿O esa sociedad ya es historia debido a la pandemia? El cambio ya había comenzado mucho antes. Las peleas de años por la construcción de una estación subterránea de ferrocarril en Stuttgart y por el nuevo aeropuerto de Berlín eran anticipos de que el probado equilibrio de intereses ya no estaba funcionando bien.

Todavía se notaba el esfuerzo de hacer participar a todos los sectores sociales en la solución de problemas, pero había cada vez más cocineros revolviendo el caldo: el Estado, los gobiernos municipales y regionales, las iniciativas ciudadanas y las asociaciones de expertos. De los viejos tiempos quedaba el empeño de los alemanes, que, cuando inician una tarea, la llevan a cabo concienzudamente.

El aeropuerto de Berlín, el giro energético, el grupo VW
El nuevo aeropuerto de Berlín es un buen ejemplo de ello. Con mucho alboroto se previó allí la construcción de un equipo antiincendio, totalmente nuevo a nivel mundial, que luego no funcionó. A eso se sumaron los continuos deseos especiales de la clase política. El resultado: el aeropuerto se terminó de construir hace poco -se inició en 2006- y por un precio mucho mayor que el planificado.

Pero también hubo otras señales: el grupo Volkswagen, el mayor productor de automóviles de Alemania, que cuenta con gran participación estatal, engañó a sus clientes para poder mantener un nivel legal de gases residuales. Y luego, el giro energético, que los alemanes querían realizar con toda excelencia, incluyendo el abandono de la energía nuclear, pero que está estancado.

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¿Quién tiene la respuesta?
Y, como si eso fuera poco, ahora llega la crisis del coronavirus. Nadie entiende ya los diferentes conceptos según los cuales las escuelas pueden funcionar en algunos estados, pero siguen cerradas en otros. La canciller, Angela Merkel, evidentemente ya desistió del intento de imponer algo así como unidad en la lucha contra la pandemia. Nos permitimos priorizar a ciertos grupos para que reciban las vacunas -algo típicamente alemán, elaborado exhaustivamente hasta el último detalle, y poco comprensible- y olvidamos encargar suficiente cantidad de vacunas.

Luego, también las dosis de AstraZeneca con las que contamos son tan criticadas por los medios que solo pocos se animan a vacunarse con ellas, a pesar de que está comprobado que son eficaces. ¡Por tantos árboles ya no vemos el bosque!

Los alemanes, demasiado autocomplacientes
Mucho de este embrollo tiene causas tradicionalmente conocidas: la educación en Alemania siempre fue área de decisión de los estados federados, y las diferencias, en parte absurdas, en la política educativa y los niveles de educación ya son parte de la cotidianeidad alemana. Sin embargo, se ha hecho la vista gorda porque el país transitó bien por esa forma del federalismo, también antes de la pandemia.

Un año atrás, parecía que los alemanes teníamos la pandemia bajo control. Logramos manejar la crisis financiera y del euro, así como la crisis de refugiados, mejor que otros países. Por eso resonaba hace tiempo una gran autocomplacencia, que, generalmente, provoca que se pierda tiempo. Alemania necesita, para decirlo diplomáticamente, una gran renovación de su red digital. ¿En qué lugar de Europa todavía hay, en 2021, oficinas públicas que transmiten sus cifras de contagios a la capital por fax?

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Una mirada sincera a la realidad
Alemania necesita urgentemente mirarse a sí misma de manera honesta. Esto no es un llamado al autolaceramiento, otra especialidad alemana. Vamos a seguir siendo una de las economías más fuertes del planeta. Nos seguiremos comprometiendo con la cooperación internacional en la lucha contra la pandemia, con la protección del clima y de la paz en el mundo. Todo está bien.

Pero deberíamos cuestionar de vez en cuando nuestra serenidad. Porque ahorrar hasta casi terminar con el Estado para mantener el sagrado "cero deuda” no fue una buena idea. Se apoyó a muchas empresas generosamente en la pandemia. La normativa de trabajo reducido se reveló como un gran beneficio en la crisis. Pero ahora nos olvidamos de lo importante que es contar con fundadores de empresas, con trabajadores autónomos, artistas y trabajadores de la cultura, que, debido a que se trata de un grupo pequeño, apenas es tenido en cuenta. Sin embargo, la burocracia los aplasta.

Más debates sobre nosotros, durante y después de la pandemia
Es tiempo de un debate acerca de qué cambios queremos los alemanes después de la pandemia. Una nueva mirada a formas modernas de la autonomía, y el federalismo, allí donde haga falta. Pero deberíamos animarnos a una mayor centralización cuando esta sea necesaria. Y un poco menos de autocomplacencia no nos vendría mal.

(cp/ers)

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