Envuelto en el ruido que ha rodeado la final de la Copa Libertadores, llega a Madrid Carlos Tevez, dispuesto a celebrar su partido 200 con Boca, ilusionado con la posibilidad de conquistar su vigésimo cuarto título con un club.

Tévez, que ya sabe lo que es ganar la Libertadores (2003), que también sabe lo que es marcarle a Ríver en esta competición para, acto seguido, ser expulsado por hacer "la gallinita" (2004), regresa a la escena mundial convertido en un referente en su club.



Fue él el primero que alzó la voz en contra de que se jugase el partido de vuelta de la final, tras el ataque que sufrió el autobús de Boca cuando se dirigía al estadio Monumental. "Nos están obligando a jugar. Que le den el trofeo a Ríver, que hagan lo que quieran", clamó ante los medios, cuando comprobó que la comisión médica de la Conmebol había dado el visto bueno a la condición de los jugadores "xeneizes", pese a que los efectos del gas mostaza incluso le habían provocado vómitos a él mismo.

Previamente, había comandado junto a Fernando Gago la rebelión, tras comprobar la tibieza de su presidente Daniel Angelici frente a las presiones de la Conmebol. Tevez dio el paso adelante y arrastró al resto de la plantilla en su decisión de no jugar.

Con 34 años, no hay quien exhiba un palmarés semejante; campeón de la Libertadores, de la Liga de Campeones, de la Copa Intercontinental y medalla de oro olímpica. Ganador de títulos en Brasil (Corinthians), Inglaterra (Manchester United y City y primer argentino que se coronó máximo goleador en la Premier) e Italia (Juventus).

Tevez, que llegó a ser el jugador mejor pagado del mundo (40 millones de euros) comenzó en enero su tercera etapa en Boca, tras comprobar durante 357 días que el paraíso chino no era como le habían contado.



"Uno vuelve porque quiere ganar la Libertadores. Pasaron muchos años de la última y es momento de sacarnos ese peso de encima y ganar la séptima", sentenció nada más ser presentado con la camiseta número 32, el 9 de enero de 2018.

Fue el tercer episodio de una historia de amores y desencuentros que comenzó hace casi dos decenios con un cambio de apellidos.

El "Apache", que era Carlos Martínez hasta los doce años en All Boys pasó a ser Tevez para franquear su traspaso a Boca. Así, su tío y padre adoptivo podía esgrimir la patria potestad para convencer a su club de que aceptase los 10.000 dólares que le ofrecía el "Xeneize".

Fue el comienzo de una carrera fulgurante que le convirtió en "rey de América" con 20 años, en una primera etapa en la que, con su actual entrenador Guillermo Barros Schelotto como compañero en la delantera, conquistó la Libertadores, con gol incluido en la final frente al Santos.



Un año después forzaría su salida hacia el Corinthians, para comenzar un exilio lejos de Argentina que le llevaría a Brasil e Inglaterra (West Ham, Manchester United y Manchester City) e Italia, siempre acompañado de títulos.

El ídolo de Fuerte Apache, el deprimido barrio del gran Buenos Aires que da nombre a su mote, el futbolista que siguió jugando en Europa como en el potrero, forzó en junio de 2015 su regreso a Boca. "A los 20 años, el mundo Boca me devoró. Ahora, estoy más preparado", aseguró entonces.

Volvió a triunfar, ahora con el 10 a la espalda, ganó Liga y Copa Argentina pero la mareante oferta del Shanghái Shenhua, que le convertía en el mejor pagado de la historia (40 millones de dólares por temporada/38,3 millones de euros). Antes de despedirse, no obstante, deslumbró en un último Superclásico contra Ríver.

Pero, como era previsible, Tevez no encontró su sitio en el fútbol chino, se dejó ir y, antes de un año, quiso volver a casa.



"Quiero disfrutar estos dos años que firmé con Boca, porque es lo último que me queda. Quiero disfrutar de todo", aseguró en su segundo regreso.

Once meses después, el Apache se dispone a disparar su penúltima flecha. Quizá la última le aguarde en el Mundial de Clubes.

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